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20/4/18

NY by Pepa | Reflexiones de despedida


Nunca me había imaginado que tendría la posibilidad de vivir medio año en Nueva York. Y reconozco que en mi caso, tampoco era uno de esos sueños que sí o sí te mueres de ganas por cumplir. ¡Todo lo contrario que para much@s de vosotr@s! Porque durante mi etapa neoyorquina, no habéis dejado de escribirme para darme la enhorabuena o simplemente para decirme que a través de mis historias: ¡habéis hecho de mi aventura la vuestra! Parece que fue ayer, cuando cogí por primera vez un taxi amarillo que me llevó desde el aeropuerto a Manhattan en pleno verano. Nunca se me olvidará como aluciné con semenjante despliegue de rascacielos, tráfico y barullo agotador que caracterizaba en esa época las calles de Nueva York. Al principio, no le cogía el tranquillo y pensaba para mí misma: ¿dónde narices me habré metido? Pero fueron pasando los días y las semanas, y una vez que todo a mi alrededor pasó a ser familiar: ¡conseguí crear una rutina que no me podía gustar más! Y que aún, estando ya instalada en Berlín: ¡me resisto a abandonar!




¿Cómo puede ser que el tiempo haya pasado tan rápido? ¿Cómo me las arreglé para haber acumulado tanto? Llegué a Nueva York con un par de maletas y regresé a Berlín: ¡con cuatro gigantescas y miles de kilos de equipaje de mano! ¡Lo sé, lo sé! Durante estos meses, he sido carne de cañón del más puro consumismo norteamericano. De ahí que preparar el equipaje haya sido de lo más horripilante, y haya perdido tardes y tardes haciendo del interior de las maletas: ¡un tetris interminable! Pero al final, a base de cuadrar una y otra vez: ¡lo logré y las cerré! Pero el drama del equipaje continuó porque resulta que en el aeropuerto, pagué un montón dólares debido al sobrepeso. Y esto no se quedó aquí, porque para más inri y después de un viaje agotador: ¡en la cinta de recogida berlinesa el equipaje nunca apareció! Parece ser que se quedó por el camino. Por suerte, nos llegó a casa unas horas más tarde mientras nos estábamos tomando un café y sorprendiéndonos después de tanto tiempo: ¡por sentir de nuevo el piso berlinés como nuestro!



Tener que pasar el invierno en Nueva York, me daba un poquito de miedo. Pero para los que estéis pensando en hacerlo, os animo a ello porque si te abrigas bien: ¡lo superarás con éxito y apenas pensarás en ello! Durante este tiempo, tuvimos alguna que otra tormenta de nieve y soportamos temperaturas bajo cero descomunales (ni siquiera aptas para alemanes). Hasta nos tuvimos que comprar botas especiales porque en la calle nos caímos un montón de veces al suelo, debido al hielo. Y es que salir a nuevayorquear con ese tiempo, era sin lugar a dudas: ¡un deporte de riesgo! Pero en realidad, daba igual. Hice bien de caso al consejo que una desconocida neoyorquina me dió, y lo de andar *a lo pingüino* en esas situaciones de nevisca: ¡funcionó! No pude aprovechar más: ¡lo que mi calle 59th me ofrecía a la vuelta de la esquina! Las vistas a un telesférico alucinante, cafeterías adorables, museos y restaurantes, tiendas monísimas, los paseos en bici a través del Central Park y como no: ¡las tardes en nuestros bares favoritos donde: ¡ya dábamos el pego como auténtic@s neoyorquin@s! (Foto *The Blue Box Cafe*)



Aún no me puedo creer que en una ciudad como Nueva York, se pueda hacer tanta vida de barrio: ¡nos movíamos a pie hasta para ir al trabajo! Echaba de menos esa sensación de tener todo tan cómodo y tan a mano. Lo que nos ha hecho replantearnos alguna que otra cosa y tomar decisiones drásticas que a partir de ahora van a traer cambios y más cambios. De esta aventura aprendí demasiado pero sobre todo me reafirmé aún más, en algún que otro detalle que a veces olvidamos. Sé puede ser muy feliz viviendo con apenas dos maletas de pertenencias, no existe el país perfecto y a menudo, las propias experiencias superan a las que nos cuentan. Pero sobre todo que el día a día siempre acaba siendo el mismo, independientemente de que se tengan unas vistas mejores o se viva en el quinto pino.



Estamos echando mucho de menos nuestro Manhattan particular. Vivir un tiempo en un -tercer- país tan diferente, te hace que *a la vuelta a la realidad* tus emociones te den un vuelco. Por una parte, siento mucha morriña neoyorquina. Pero por otra, vuelvo con muchas ganas de coger las riendas de nuestra vida berlinesa, darle un buen meneo y de paso: ¡ponerla exactamente dónde yo quiero!

¿Qué os ha parecido esta aventura neoyorquina? ¿Es Nueva York la ciudad de vuestros sueños? ¡Espero vuestros comentarios!



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6 comentarios:

  1. Se me ha pasado volando a mi también!!! Qué alguien pare el mundo que esto va muy rápido!!!
    Pero qué pedazo experiencia, ¡qué maravilla Pepa! Disfruta mucho de tu Berlín y de la vida en general que ya vemos que esto va deprisa!!!
    Besos rojos por doquier!

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    1. Hola! Pero que maja eres Inma! Ya te digo, menudo año bueno llevamos las dos y prácticamente ha empezado.
      Espero impaciente por saber detalles de tu próximo viaje! Un abrazo !!

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  2. Me encantaría vivir tantas experiencias como tú en sitios tan diferentes! Me ha encantado el post y sobre todo las fotos :)
    Espero tu opinión en mi último post , besitos!

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    1. Hola Aitana! Tú ya sabes. Para eso nunca es tarde :)

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  3. qué rápido pasan estas estancias, cuando una ya se hace parte del paisaje llega la hora de volver y todo parece un sueño!

    volvemos al punto de partida, pero ya no somos las mismas, somos mucho más ricas! :D

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